Grandes rutas

Cingle de ses Bufaranyes

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Este viernes tocaba reto de Andreu, el cuarto ya de los famosos ,0 a 1000 metros y pico y vuelta a nivel de mar, pero motivos técnicos, ausencias injustificables y bajas laborables, dieron al traste con la propuesta original y nuestro ideólogo de cabecera tuvo que decidir algo nuevo sobre la marcha. Parco en palabras y dueño de su momento, cito a la gente a las 8 de la mañana en el parking enfrente de Anthony’s, en Inca, con el mas absoluto de los misterios. “La ruta elegida será comunicada sobre la marcha….a los que acudáis”. Silencio en el foro. Amén. ¿Todos?….todos no, hubo uno que no paro de preguntar durante toda la semana, intentando sonsacar de manera machacona alguna pista al respecto. Ese uno, aún a sabiendas que le era imposible acudir a la cita, insistió continuamente en conocer la ruta misteriosa e intento hacer participes de sus indagaciones al resto.

Después de unos cuantos días ignorando cualquier intento de acertar zona o excursión, se acercaba peligrosamente el viernes y un par de dudas, existenciales, me asaltaron de forma compulsiva. ¿Litros de agua?, ¿Botas?. Le envié un mensaje con ambas preguntas. No se hizo de rogar. “Cingle de ses Bufaranyes”, me dijo. Un sudor frío me recorrió todo el cuerpo mientras pronunciaba, en voz alta, la palabra en cuestión. Palabra de la que desconozco el origen toponímico o al menos no he sido capaz de encontrarlo. La tenía documentada desde hacía mucho tiempo y sabía que Andreu y compañía habían estado por esos lares un par de veces. Oportunidad única de transitar por una zona desconocida para la mayoría de nosotros. No me había atrevido a sugerirla nunca los sábados porque consideraba que era conveniente ir la primera vez con alguien que ya la hubiera hecho y además, no podía ser un grupo muy numeroso. Las imágenes guardadas en la retina del paso de subida y de un par de tramos estrechos al filo de los acantilados tampoco ayudaban demasiado. La jornada tenía un montón de alicientes y entre todos ellos, la posibilidad, muy justa en el tiempo como luego comprobaríamos, de observar peonias en su máximo esplendor. Esta flor singular florece en un par de lugares de nuestra Tramuntana y esta zona, acotada por paredes verticales y el mar, es uno de ellos. Dormí la noche previa soñando con imágenes de la ruta.

Viernes, 8 de la mañana. Estamos de acuerdo en que Andreu no soltó prenda y nadie le pregunto. Sibilinamente dejo caer alguna pista, entre líneas, que los de Pollença no supieron leer. “Ropa discreta, olvidaros de colores llamativos” y el propio lugar de reunión, punto de partida de excursiones muy concretas, eran un par de pinceladas descriptivas de la ruta misteriosa. Complicado eso de llegar a conclusiones certeras….sino preguntas. Llegué el primero, luego José, María,…..Miguel, Andreu y Santi, con un tupe espectacular que ya lo hubiera querido el Elvis de sus mejores tiempos. Fue ver llegar el mini de Bárbara con ella al volante y Juanpe cuando, automáticamente, se me encendió la bombilla y me di cuenta de la inconveniencia causada. El no preguntar tiene esas cosas y los misterios explotan de forma espontánea. El no darme cuenta en toda la semana que ellos venían desde Pollença, lugar de inicio y fin de la excursión, también tiene su gracia. “Sarna con gusto no pica” pensé. “Les gustará la excursión y aquí paz y después gloria” intentaba convencerme. No contaba con que Bárbara, adelantándose a los acontecimientos e imaginándose con antelación la situación creada, saldría del coche con la mosca tras la oreja y al escuchar la ruta elegida y confirmar su convencimiento, enfurecida, se encararía conmigo, quejándose del trayecto realizado que, obviamente, podrían haber evitado. Yo, que en esta ocasión iba de invitado, a rueda del organizador, sin texto, mapa ni track, respiré profundo y……….

Salimos hacía Pollença con tres coches. Lógicamente, los tortolitos debían dejar el suyo de nuevo en su lugar de origen. Solo dos coches en la circunvalación del Port de Pollença dirección la península de Formentor. Andreu, poco antes de salir y ayudado por el consentimiento de José, había cambiado de forma unilateral el lugar de salida de la ruta elegida. Como no le parecía lo suficientemente entretenida pensó “vamos a alargarla un poco y en vez de subir directamente al Coll de l’Homo e iniciar el descenso para ir a buscar los Cingles, vamos hasta Cala Figuera y el Cap de Catalunya”. Dicho y hecho. Aparcamos en el parking de Cala Figuera, debajo de es Fumat y bajamos a la Cala. Desde allí subida, interminable, hasta un colladito, lugar de inicio de subida a la cima del Cap de Catalunya. Yo había subido muy mal y decidí hacer acopio de fuerzas y esperar en el collado. La rodilla que me lleva amargando una temporada larga, tenía ganas de juerga salvaje y al dolor continuo, le añadía un par de pellizcos en la cara interior y una inestabilidad alarmante en la cara posterior. El rato que esperé se me hizo bastante largo a pesar de entretenerme haciendo fotos. Me vino a la cabeza el recuerdo de Toni Cuellar y las cinco o seis horas que nos estuvo esperando el día que fuimos de sa Calobra al Puig Major. Intenté ponerme en su piel y revivir su momento. Reconozco que era tarea complicada a pesar de grabarme en video, hacerme un par de selfies y contar, en voz alta, la experiencia traumática. Sinceramente fue un momento interior brutal, un silencio absoluto solo roto por los silbidos agudos del viento y algún que otro pajarillo. (¡¡¡Bernar saca la aplicación e ilustranos!!!). Impagables esos minutos, largos, de comunión individual con la naturaleza. Cuando volvieron, una vez hecha la cima, aprovechamos para merendar y valorar las posibilidades que tenía de llegar a buen puerto con la maltrecha rodilla. Podía abandonar, seguir y buscar una escapatoria o “morir” en el intento. Sabía que contaba con la ayuda de mis compañeros ante cualquier dificultad que se pudiera presentar y no quería perderme tamaña aventura. Ellos ayudaron con la decisión y….la facilitaron. A la altura del Coll de l’Homo, entre el Puig de s’Almangra y sa Penya de sa Cova des Morts iniciamos el descenso con la primera sorpresa agradable del día. Un par de peonias florecidas desafiando un terreno agreste y salvaje. Pronto llegamos a la conclusión que faltaba todavía una semana para una floración conjunta de todas las plantas de la zona. Encontramos muchísimas todavía cerradas y otras a punto de caramelo, “capullos sonrosados” Juanpe dixit. El primer tramo de descenso fue especialmente complicado. Una rosseguera interminable que trazaba una autovía de piedras al vacío de forma casi vertical, dificultando el avance. Había que tener mucho cuidado en los juegos de equilibrio, transitando encima del caos de piedras de distintos tamaños. Juanpe se puso delante de mi y me facilito el descenso fijándome en sus movimientos. La sensación increíble de bajar de forma vertiginosa por esos parajes nos tenia boquiabiertos. Podría utilizar infinidad de adjetivos calificativos para describir la belleza del lugar y lo inverosímil del trazado marcado. Tienes continuamente la sensación de que al doblar la siguiente pared no podrás avanzar. Hasta donde alcanzan los ojos, observamos atónitos obstáculos naturales que irremediablemente impedirán nuestros pasos. Es una sensación extraña la mezcla de cansancio, tensión y adrenalina a partes iguales. Cada paso dado es un regalo inolvidable. Tramos por cornisas estrechas, salientes verticales en los que es imprescindible agarrarse al carritx, que se retuerce anclado en la tierra como un seguro de vida. En mitad de la travesía por el sendero minúsculo colgado sobre el acantilado, a la altura de las caretas en la roca, “mascaras venecianas” para uno, “leones enamorados” para otro, unos cuantos del grupo se descuelgan lateralmente, en una subida exigente para ir a visitar una pequeña cueva en las paredes que nos envuelven. Mientras, yo seguía con la idea de evitarme esfuerzos no necesarios y rechacé la invitación, Andreu, en su progresión, se quedo con una piedra de tamaño considerable en sus manos cuando le fallo el agarre y se venció. Gracias a tener firmemente apoyados sus pies en el suelo, mantuvo el equilibrio y aguanto el desplome sobre sus brazos. María lo explicaba con un tembleque acentuado ya que fue testigo visual de la escena, estando peligrosamente justo debajo.

Sorteamos lateralmente, en travesía, el último peñasco que nos cerraba el paso para empezar con la temible subida al siguiente collado. Todos, menos las chicas, decidimos llanear por una cascada de rocas, piedras, coixinets de monja y alguna que otra peonia en flor, para acceder a un Forat que observábamos enfrente nuestro. El Forat era el ojo de lo que ellas llamaron “cabeza de elefante”. Cada uno se dedico a visitar su lugar preferido, según aptitudes y ganas. Mientras algunos subíamos al Forat, Andreu, José y Juanpe bajaban por una canal diagonal en busca de una fuente natural y restos de movimiento previo, que indicaban que por esos lares también nuestros antepasados se buscaron la vida. Tras esos minutos de asueto lúdico festivo cultural empezamos la temida subida. Era tan o mas brutal mirar hacia arriba y observar, amargamente, lo que nos quedaba por ascender, como echar la vista atrás y observar los parajes por los que veníamos transitando. La rossegera inicial quedaba allá a lo lejos, dibujando un trazado lo suficientemente nítido como para no olvidarlo. Parecía imposible haber podido superar todo ese risco verde y seguir respirando para contarlo. Era curioso resaltar cómo las risas y chanzas del principio de la excursión, allá por Cala Figuera, se habían convertido en respiración jadeante, cansancio acumulado, tensión continua y respeto a lo desconocido. Una vez superado el último tramo de subida, llegamos a un soleado collado desde donde pudimos ver, por primera vez, El Colomer y la Serra de Cavall Bernat. Paramos a comer. Nos lo habíamos ganado. Flaqueaban las fuerzas y había que reponerlas. Mientras daba buena cuenta de mi ensalada de pasta, intentaba ordenar en mi mente la cantidad de imágenes que recordaba, por haberlo documentado, de la trepada final. La complejidad del paso no consiguió que se me fuera el hambre pero…..la procesión iba por dentro.

Empezaba el tramo final. Desde el Coll y la boca del Avenc nos dirigimos a buscar el siguiente collado, desde donde iniciaríamos la subida hasta la loma superior. Este es el tramo que tiene las cornisas mas estrechas y mas o menos expuestas. Hay que transitar mirando al suelo con mucho tino y buen equilibrio. A medida que nos acercábamos a la trepada final, “colofón de fin de ruta”, escuche a Andreu y José hablar de chimenea vertical. Lo de vertical lo tenía claro, pero no me cuadraba mucho lo de chimenea. Según las fotos que había visto no recordaba una chimenea o un gran Forat de subida. No hice mucho caso, bastante tenía con mis pensamientos. Lo que tenía que ser…., sería.

Llegamos a una entrada en la roca, como si esta se abriera en canal y una figura en forma de embudo te marcase el camino. Santi y José ascendieron rápido. Mientras Bárbara se peleaba con la pared y se pegaba como una lapa mientras ascendía, a mi no me sonaba absolutamente nada esa subida. Ninguna de las fotos que pululaban por mi cabeza se parecía remotamente a la chimenea elegida. Tras Bárbara fue el turno de María. Si Barbi se pego a la pared, María lo hizo literalmente, como ese chuletón que se contrae en la plancha vuelta y vuelta. Ambas dos subieron la parte mas complicada de forma ejemplar. Desde abajo lo vi relativamente asequible y pedí que uno, Juanpe, fuera delante mío y otro, Andreu y/o Melga, subieran detrás. Se trataba de dar seguridad a una maltrecha rodilla y buscar la tranquilidad de los que saben. ¡¡¡Qué distinto se ve el peligro cuando uno no es el protagonista!!!. Lo que en un principio vi asequible, se empezó a complicar en cuanto elegí la canal equivocada. Pegado a la pared solo pude ascender un par de metros. La roca estaba mojada y resbalaba. Redondeada, apenas tenia buenos agarres de inicio. Viendo la dificultad de la trepada y recordando experiencias previas, decidí no perder tiempo en batallas perdidas, pidiendo a Melga que sacara la cuerda mágica, salvavidas, de la mochila y que la lanzara para que la aseguraran. Volví al punto de inicio y lo intente por el lado exterior. En ningún momento tienes la sensación de estar muy expuesto, pero rápidamente entiendes que un mal paso puede tener consecuencias fatales y manoseas todos los posibles agarres antes del siguiente movimiento. Entre que el único agarre claro para las manos es un pequeño puente natural al principio del Paso y que de la pierna izquierda me fio poco o nada, rápidamente agarré con fuerza, con mi mano derecha, la cuerda y empecé el ascenso. Donde los escaladores encuentran cientos de hendiduras en la roca para apoyar al menos la punta de la bota, el menda necesita apoyar al menos medio pie para una mínima estabilidad y por ende seguridad. Esto hace que el ascenso sea lento, excesivamente lento, tanteando todas las posibilidades. Miguel abajo y Juanpe justo encima mío, iban indicándome las distintas opciones. Mas arriba, José y Andreu, ayudaban con sus palabras de apoyo. Sin darme cuenta fui ascendiendo hacia mi izquierda donde había un pequeño saliente de roca y quede encajonado. Apenas encontraba apoyos de pie y aún con la seguridad que me daba agarrar la cuerda, dudaba en el siguiente y ¿definitivo? paso. Era un empujón mas y superaba el tramo mas exigente y vertical. Me aferraba a la pared palpando con mis botas cualquier punto de apoyo para ese último impulso. Al final lo encontré a medias y me vi con medio cuerpo por encima de la roca donde me esperaba Juanpe. Un nuevo esfuerzo y primer escollo superado. En ese momento, de tranquilidad espiritual y un largo sorbo del camelbak, me vino a la cabeza la piedra de considerables dimensiones que paso a gran velocidad, entre la cabeza de Miguel y la mía mientras esperábamos la cuerda. Por un pelo…….buen susto. Miguel ascendió y ya todos nos dispusimos a proseguir la subida, por dentro del Forat, del último tramo del Paso. De ahí a la salida a la loma exterior todavía encontramos un par de puntos mas de los que quitan el hipo, acompañados de una extrema belleza natural. Menuda chimenea de ascenso, menuda subida por el Forat. ¡¡¡Que forma de poner punto final a la travesía increíble por el Cingle de ses Bufaranyes!!!. Ya solo teníamos que seguir las fitas en descenso para buscar la pista de las Casas de Formentor y continuar un par de kilómetros, por el asfalto, hasta el parking de Cala Figuera. Tocaba celebrar el fin de la jornada de una forma conveniente y aunque Barbara y Juanpe se negaron a tomar la cerveza de rigor en Anthony’s por razones que no acertamos a comprender,….no llego la sangre al rio. Cedimos, como buenas personas que somos, y asentimos a la propuesta de tomarla en un bar de Pollença. Eso si, salvando las distancias y guardando las formas, fondo norte, terraza y fondo sur, interior del bar, o lo que es lo mismo, “tengo calor”, “tengo frío”….”cada uno a su puta bola, se sienta donde quiere”. Y en esas estábamos…….hasta que llegó Paulino y………unió al grupo.

Señor@s, acabo, un verdadero placer haber compartido con vosotros semejante experiencia. Gracias al ideólogo por rescatar, de mi cajón de excursiones pendientes, una auténtica maravilla de ruta. Gracias a todos por el apoyo recibido y por los ánimos continuos, primero para no abandonar y luego para acabarla. Mi rodilla os debe una…………

Aqui os dejo con mis fotos;

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Momentos intensos de la dura subida

Las fotos del artífice de la ruta del día, Andreu;

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“Colofón a una ruta maravillosa” subiendo por el Forat

Por último, las fotos del Mestre, Melga.

Panorámica des Colomer desde otro angulo
Panorámica des Colomer desde otro angulo

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Cingle de ses Bufaranyes

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Cingle de ses Bufaranyes 39.955938, 3.161144

3 Comentarios

  • AndreuQ

    Parece mentira que en la isla todavía nos queden esos lugares tan remotos y paradisíacos por descubrir en un territorio relativamente pequeño. Fue un disfrute recorrer de nuevo ese jardín mediterráneo que florece sin necesidad de ningún cuidado especial. La verdad es que mi cabeza estaba hacía días en el 0-1000-0 programado y el tener que plantear una nueva ruta se me iba un poco de mis previsiones, sobre todo para sorprender a los asistentes. El silencio del revelar el lugar donde pensaba ir, simplemente fue para sorprender a todos y que no se documentasen previamente lo que les daría mayor asombro. La 0-1000-0 se ha pospuesto para el 24 de este mes así que hay tiempo de cambiar días libres y prepararse para subir.

  • paulino

    Excelente descripción de una excursión fabulosa. Lástima no haber podido ir con vosotros pero estoy seguro que volveremos a hacerla en breve. Las fotos, por supuesto ,impresionantes reflejan uno de mis lugares preferidos de Mallorca: la península de Formentor. Todos sabemos que Andreu sabe elegir excursiones que aglutinan todos los ingredientes que gustan a todos: dureza, un poco de riesgo, paisajes privilegiados. Es una suerte poder contar en nuestro grupo con compañeros que buscan y rebuscan rutas para compartirlas con nosotros. La verdad que es complicado hacerlo cuando ya llevas tantas y tantas salidas y buscas cosas nuevas. En fin nos vemos el 24 en el reto 0-1000-0 del Tomir por el Pas den Reynes……..que ¡¡¡¡¡¡Dios nos coja confesados.!!!!!!!

  • El Abu

    Que decir del viernes que no se cuente en la crónica? desde mi punto de vista solo añadir las sensaciones de magnitud de la ruta, que viendo en la distancia parece imposible de realizar, fue un privilegio para mi compartir experiencias con vosotros los que vinisteis y con los ausentes que se que hubierais disfrutado de realizar la, voy a ver las fotos de mis compañeros para rememorar las sensaciones vividas ese día

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